FAUSTO

La mayoría de nosotros hemos oído hablar de Fausto, ese personaje legendario que, insatisfecho con su propia vida, hace un trato con el diablo, intercambiando su alma por el conocimiento ilimitado y una vida llena de placeres. ¿Quien no ha querido alguna vez vender su alma al diablo?

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La historia de Fausto es la base de muchas obras literarias, artísticas, cinematográficas o musicales. Pero Fausto no es tan sólo un personaje de leyenda, fue real y vivió en tiempos de Copérnico y Lutero.

Aún en vida gozó de muchas leyendas sobre su persona, y esto no era nada raro ya corrían numerosas habladurías también sobre otros famosos nigromantes de la época. A la gente siempre le ha gustado hablar e idear historias y fabulas sobre lo que les parece raro o se sale un poco de la norma.

Sin embargo, de sus otros colegas nos han llegado buenas informaciones gracias a diversas fuentes históricas, pero de las hazañas de Fausto nos han llegado muy pocos datos dignos de crédito.

Uno de ellos es el relato del doctor Wiero el cual nos cuenta, que por aquel entonces, vivía en los Países Bajos iniciándose en el ejercicio de la medicina, y muy cerca de este lugar se encontraba el castillo de Baten, lugar donde ocurrieron los sucesos que narra en sus memorias.

Fausto apareció un día a la puerta del castillo y solicitó entrar. El dueño del castillo no estaba y sus sirvientes retuvieron preso al hechicero. Wiero  dice que esto fue “por sus malas jugadas” Pero no sabemos si se refería a malas jugadas hechas con anterioridad o en previsión contra las que pudiera hacer. Sea como fuere trataron bien a su huésped y le asignaron una habitación en el castillo en la que recibía la visita de los vecinos que acudían con curiosidad y pasaban con él ratos divertidos.

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Fausto no daba miedo… era un hombre amable y amante de la conversación.

Un día uno de sus visitantes, al parecer paciente del doctor  Wiero, entró en la habitación de Fausto y éste, nada más verlo luciendo una larga barba negra, con un aspecto tétrico y oscuro, le dijo que le había confundido con su cuñado y que por eso había mirado a sus pies en busca de sus largas y curvadas garras.

Y es que al demonio solía llamarlo “cuñado”.

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A Fausto le gustaba el vino, pero era un hombre pobre y no podía permitirse estos lujos. El capellán del castillo, Johann Dorsten, se dio cuenta de esto y le obsequió con un barrilito, pero a cambio le pidió que le enseñase sus artes. Fausto no consintió, pero le siguió pidiendo más vino; y, cuando un día escucho que el capellán se iba a ir al pueblo a afeitarse, le prometió que le enseñaría un arte mediante el cual podría deshacerse de la barba sin navaja. Dorsten aceptó la propuesta y, siguiendo las instrucciones de Fausto, compró arsénico puro para restregárselo por la barba. Y, según cuenta Wiero:

“No bien lo hubo hecho el capellán, cuando se le comenzaron a encender de tal suerte las mejillas, que no solo las barbas, sino la piel y la carne se le desprendieron. Esta granujada me la ha contado más de una vez el propio capellán, y siempre con gran irritación”

Ni al médico ni al capellán les entraba en la cabeza como tan famoso nigromante pudiera equivocarse en la receta; yo creo que Fausto le gasto una broma un poco pesada.

Fausto murió en una posada de Staufen, allá por el año 1540 y el que relata este hecho es el conde Cristóbal Froben de Zimmern. El conde explica que Fausto había sido un maravilloso nigromante y que no había otro igual en toda Alemania. Que era de avanzada edad y que murió en la miseria. Mucha gente culpa de su muerte al espíritu maligno al que llamaba “cuñado”

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En realidad Johann Fausto no tendría más de 50 años cuando le sorprendió la muerte en Staufen, aunque su aspecto le hiciera parecer mucho más mayor.

En estos dos relatos, el de Wiero y el del conde Froben podemos ver que la gente que entablaba algún contacto con Fausto, ya lo conocían de oídas y que por la fama que tenia esperaban de él cosas asombrosas, vaya que su idea sobre el ya estaba prefijada. Además Fausto fomentaba su misteriosa reputación dejando escapar intencionadamente en sus conversaciones el famoso pacto que había concertado con el diablo.

Pero nunca tuvo que esconderse de las autoridades ni viajar con nombres falsos. Era amigo de laicos y religiosos, que agradecían y estimaban su compañía. Y podemos entrever en las notas que nos han llegado que, aun siendo un hechicero de renombre universal, acabó su vida como un vagabundo.

En 1586 el catedrático Witekind escribía:

“Todos ellos sufrieron gran pobreza y mucha miseria, como hemos podido ver en nuestros días por el ejemplo de Fausto y otros hombres desgraciados y malos, algunos de los cuales eran de alta alcurnia”

Y es que muchas personas de posición se dedicaban a la magia, sobre todo por asuntos de amoríos.

Según cuenta Zimmern, cuando Fausto murió sus libros pasaron a manos del señor de Staufen, ya que murió en sus territorios.

“Mucha gente anhela su posesión, pero a mi juicio codician un tesoro peligroso, que traerá mala suerte”

El conde Zollern no se adueñó de los libros dejados por Fausto para destruirlos, sino para guardarlos muy celosamente.

Pero, ¿Cómo logró Fausto esta fama de poderosísimo mago? Una fama que, por otra parte, contrasta con las miserables condiciones en que vivía. ¿Qué sabemos de su juventud y de sus años de formación?

Pues vamos a verlo:

Johann Fausto nació en el año 1490 en Nitlingen, “Faust” era su primer apellido, luego adoptó la terminación latina “Faustus” y al castellanizarlo se convirtió en Fausto. El termino latino “faustus” significa “feliz”, “el feliz”. Ha habido muchos magos que lo usaron como nombre artístico, siguiendo con una antigua tradición que se vincula a los Hechos de los Apostoles del Nuevo Testamento, donde aparece Simón el Mago. Este adopto el nombre de Fausto y se dice que tuvo por compañera a la hermosa Elena, regresada del mundo de los muertos. Toda esta historia se puso de moda por aquella época al aparecer un libro muy popular publicado en forma de novela. Y siguiendo este modelo, algunos charlatanes se hicieron llamar Fausto.

Johann Fausto

Johann Fausto

Con uno de estos Fausto se encontró el abad Tritemio en 1505 en Glenhausen y lo describe como un escolar que, con enorme desfachatez, sentaba plaza de gran mago. Francisco de Sikingen, un caballero muy dado a las cosas místicas, le proporcionó a este individuo una plaza de maestro de escuela en Kreuznach. Este joven maestro tuvo que salir por patas al poco tiempo por pervertir sexualmente a sus alumnos. Este maestrillo charlatán se hacía llamar “Johan Sabélico, Fausto junior” y se jactaba de ser el príncipe de los nigromantes. Sin embargo, el viejo y reputado nigromante Tritemio lo tachó de “vagabundo, charlatán sin sustancia y holgazán impostor”

Años más tarde, en 1513, en una posada de Erfurt un tal Johan Fausto se vanagloriaba de ser “adivinador del futuro”. Este embaucador también se llamaba Johan, tal vez era el mismo o a lo mejor era otro, pero ni este ni el otro eran el verdadero Fausto.

Recorrían el país muchos que decían estar en posesión de ciencias secretas y poderes mágicos. La mayoría eran escolares vagabundos que enredaban a los campesinos y ciudadanos para conseguir vino, pan y algo de dinero.

El más loco de todos ellos fue Cornelio Agripa de Netesheim, de la misma edad que Fausto. Se inició en Paris en las artes de la Alquimia y con su astucia sacaba dinero a los ingenuos ciudadanos, tratando de engañar con artificios de magia a lugareños de los Pirineos. Pero tuvo mala suerte y salió huyendo del país. Todo esto lo sabemos por sus propios escritos.

Del joven Fausto no sabemos mucho, es posible que se costeara su manutención con supercherías pero, al contrario de Agripa, no dejó ninguna indicación al respecto, ni tampoco encontró a nadie que se enojara con su presencia de escolar vagabundo y transmitiera por escrito su enojo a las generaciones venideras.

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No tenemos ninguna noticia útil sobre su persona hasta varios años después, cuando su nombre ya andaba de boca en boca.

Felipe Melanchton, colaborador de Lutero, nos contaba lo siguiente:

“He conocido a un tal Fausto, de Kundling, pueblo cercano al mío natal. Cuando él estudiaba en Cracovia, aprendió la magia, cuyo ejercicio abundaba allí mucho, pues se daban cursos públicos sobre este arte. Fausto deambulaba de acá para allá y hablaba de muchas cosas secretas…”

Según esto Fausto no estudió en Heidelberg, por tanto hay varios autores que suponen erróneamente que fue allí donde obtuvo en 1509 el grado de bachiller. El apellido Faust es muy frecuente en el Palatinado y regiones vecinas y aparece muy a menudo en las matriculas de los estudiantes; pero entre ellos no hay ninguno de Knittlingen.

El mismo Fausto declaraba que había estudiado la magia negra en la Universidad de Cracovia, en Polonia, donde también estudió Copérnico. Pero nada sabemos de los estudios de Fausto en Cracovia, es un aspecto de su vida que permanece en tinieblas. Seguramente el título de doctor se lo adjudicó el mismo y los libros que se le atribuyen, divulgados tras su muerte en copias manuscritas y luego impresos, no pueden ser obra suya. La “Invocación Infernal”, editada con su nombre, es una recopilación de escritos de antiguos nigromantes y, desde luego, lo que en él se proclama no cuadra para nada con Fausto. Según se explica en este libro, el invocador debe prepararse mediante repetidas visitas a la iglesia, vida casta y oraciones, para luego poder dominar a los espíritus infernales sin miedo a perder el alma. Pero el nombre de Fausto tenía fuerza de atracción y por tanto era utilizado por copistas e impresores deseosos de ganar dinero.

De Johann Fausto no ha llegado hasta nosotros ni una sola línea escrita por su mano.

Algunos sabios de su época le llamaban arlequín y aventurero, y hablaban de supercherías asombrosas y hechicerías demoniacas. Pero no es que tuvieran a Fausto por un vulgar prestidigitador, sino por un nigromante que, ayudado por espíritus infernales, era capaz de nublar los sentidos de los hombres hasta el punto de imaginar que habían experimentado cosas asombrosas.

Todos los sabios que lo citan hablan de diversos prodigios; pero no hay relatos de primera mano, todos fueron tomados de gente que oyó los sucesos en bocas de otras personas. Incluso si dabas con alguien que le había conocido personalmente, lo único que podía decir de él es que era el héroe de muchas leyendas.

El único coetáneo suyo que aportó algo ajustado a la realidad, ya que fue testigo ocular de lo que narra, fue Johann Wiero.

Como héroe legendario, Fausto se ha hecho inmortal, mientras que otros magos de su época, una vez pasada la fama inicial, han sido olvidados por completo.

Entonces ¿Cuál fue el elemento clave en las leyendas de Fausto, para que gozaran de tanta difusión? ¿Por qué atraían al público mucho más que las historias de otros magos?  Está claro que no era su tema, pues no era nada nuevo y la mayor parte de las aventuras que se le achacaban procedían de relatos protagonizados por otros hechiceros de varios siglos atrás. Y la mayoría de estas leyendas son narradas en tono chistoso, como si Fausto solamente hubiera aprendido la magia para hacer travesuras y jugar malas pasadas.  Muchas de las tratadas que se cuentan se desarrollan entre contertulios borrachos y muchas veces se relata que él mismo estaba borracho cuando hizo tal o cual travesura. Y es que Fausto, como ya he dicho al principio, gustaba de vagabundear por los pueblos y encontraba por doquier amigos bebedores que le acogían con los brazos abiertos.

Tanto la gente culta como la iletrada demostraba curiosidad y admiración por Fausto, por lo tanto debemos suponer que poseía una habilidad especial para hacerse con un publico tan numeroso.

Fausto sabía hablar muy bien y sus historias corrian de boca en boca entre los círculos de la juventud académica de aquella época. En las tabernas y posadas le llamaban el “archimago”.

El conde de Zimmern, al morir Fausto, sugiere que con las historias del mago se compile un libro o un tratado. Por aquel entonces ya corrían de mano en mano manuscritos en latín relativos al nigromante y uno de estos fue traducido al alemán en 1575. En 1587 fueron encerrados en la cárcel universitaria de Tubinga dos estudiantes acusados de haber compuesto un “tratadillo sobre Fausto” y en el mismo año se edito el primer “libro popular” sobre Fausto. Rápidamente siguieron catorce ediciones más y posteriormente se hicieron reediciones en verso, en prosa y traducciones en otros idiomas.

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Pero estos libros no son apropiados para ser utilizados como fuentes históricas, pues describen al Fausto de la leyenda y no al de la realidad.

Johann Fausto nunca dio señales de haber aspirado a un “happy end” de su vida, pero la mentalidad de aquella época no rechazaba del todo la idea de un final feliz de la vida de los adeptos del diablo, siempre que al final de sus días hicieran algo por redimirse o, incluso sirvieran sus vidas como una enseñanza moralizante.

Fausto no se hallaba excluido de la redención de su alma embargada por el diablo, aunque parece que rehusaba esta posibilidad. Un monje franciscano llamado Klinge se decidió a exhortar a Fausto y le ofreció su asistencia, celebrando misas por su alma en su convento. Pero Fausto le contestó:

“Cuál sería mi deshonra y vergüenza si de mi pudiera decirse que me mostrara desleal a mi compromiso y firma, escritos con mi propia sangre, habida cuenta, además, que, por su parte, el diablo se ha mostrado fiel a su palabra y promesas…”

La verdad es que el diablo no cumplió con ninguna de sus presuntas promesas, pero Fausto, se aferró a la ilusión de que su pacto diabólico le resultaba provechoso, o dicho de otra manera, no se salió del papel en que su público quería verle.

Esta lealtad hacia el diablo es el único rasgo que le distingue de otros magos. Por lo demás, todo lo que se le imputaba puede aplicarse igualmente a sus precursores y coetáneos.

Es de suponer que fuera el mismo Johann Fausto quien realizó la tarea de narrar sus propias fanfarronadas en la que mezclaba elementos burlescos, espeluznantes y trágicos en un conjunto extraño, pero atractivo.

Podemos, pues, comparar a Fausto con el barón de Munchhausen que, a pesar de que las aventuras de su héroe se inspiraran en farsas antiguas y recopilaciones de anécdotas divertidas, completaba y moldeaba este material, transformándolo en una creación propia de su mentalidad.

Fueron muchos los insignes escritores que perpetuaron la figura de Fausto, pero en todas las obras se aprecian los rasgos del antiguo modelo, creado durante la vida del propio Johann  Fausto.

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Según la leyenda Mefistofeles era un monstruo diabólico, que no podía presentarse ante los hombres ya que su extrema fealdad los asustaría. Goethe fue el primero en convertirle en el acompañante del héroe, otorgándole la parte de bufón que le quita a su Fausto, el cual aparece como un hombre serio y noble. De este modo Goethe desdobla a Fausto en dos figuras distintas, pero inseparables.

Fausto alcanzó un renombre cuyo resplandor hacia palidecer a todos sus colegas, sin duda, el extraño personaje inspiraba horror, pero un horror mezclado con admiración, y estos sentimientos se veían afianzados por la extraordinaria popularidad de que gozaba el archimago.

La enorme difusión y la favorable acogida que experimentaban las historias en torno al mago constituyen el reflejo, en una época dominada por el terror supersticioso a la brujería, del eco que hallaban las artes de encantamiento practicadas por un hombre que tenia tratos con el diablo. Eran acogidas como un medio de distracción y que tenían la virtud de dar a las tertulias y libros un “suspense” siempre bienvenido.

Además Fausto sentó un precedente que ha llegado hasta nuestros días. Mientras que anteriormente solo fueron tomados por maestros de la magia aquellos que sabían someter a los espíritus maléficos, sin llegar a caer en sus garras, Fausto, por el contrario, se jactaba de haber cedido su alma al diablo, y este ejemplo no tardó en convertirse en ley suprema para sus discípulos.

En consecuencia, gran número de adolescentes se entregaban al diablo. Los documentos referidos a los casos descubiertos y tratados son harto elocuentes.

A la mayoría de ellos se les desenmascaraba de la siguiente manera: El principiante en las prácticas diabólicas solía redactar y firmar con tinta o sangre un pacto con el príncipe del infierno, cuyos efectos esperaba luego en balde. Esta expectativa sumía a muchos de ellos en una insoportable situación de tensión y temor, y este estado anímico les empujaba a aliviarse, compungidos y desesperados, confesando su pecado a algún clérigo o persona de confianza.

En otros casos se llegaron a encontrar los documentos secretos. De todas formas, si el pecador descubierto no tenia delitos “reales” que confesar, los catedráticos, jueces y clérigos le trataban con una clemencia más bien paternal. En algún que otro caso se le obligaba a pronunciar alguna oración, destinada a aliviar su conciencia. Algunas veces ni las plegarias ni la absolución vencían los temores que apresaban el alma de los que habían cometido el pecado y caian en un estado letárgico y, no pocas veces, sufrían graves perturbaciones mentales.

El pintor Cristobal Haitzmann padeció esta terrible enfermedad. En 1677 pidió la asistencia de un sacerdote, pues 9 años antes había entregado su alma al diablo. El sacerdote le envió al monasterio de Mariazell, en Austria, donde los monjes le liberaron del pacto diabólico con largos exorcismos. El pintor creía que el diablo le devolvería los documentos firmados de su mano y podría entregarlos a la congregación. Freud publicó un ensayo psicoanalítico sobre la neurosis de Haitzmann titulado “Una neurosis del diablo en el siglo XVII”, basándose en los documentos e informes del monasterio.

Y, mientras en el monasterio austriaco Haitzmann gozaba de un caritativo tratamiento, en el arzobispado de Salzburgo se realizaba una despiadada persecución contra las brujas, que dio lugar a la ejecución de 97 personas, entre ellas niños de 10 a 14 años, a las que se acusaba de haber provocado una epidemia en el ganado, por orden del diablo, asi como haber renegado de los santos y profanado los sacramentos.

Es curioso como, la remota superstición que atribuye al hombre un don mágico, es insuficiente para justificar y explicar los procesos de brujería.

Ni los magos, ni las personas relacionadas con el diablo inspiraban miedo o despertaban odio; sin embargo las brujas no hallaban comprensión ni caridad.

Una extraña incongruencia que, en el año 1565, el humanista Fuglino de Basilea hizo resaltar con crudas y tajantes palabras:

“¡A qué aberraciones ha llegado nuestra época! Estamos tan depravados como para temblar ante las ancianas trabajadoras, miserables y humildes con sus escobas, potes y viejos harapos, por no decir otra cosa. ¡Ay, ay de la sanguinaria vergüenza! Los magos y los que elaboran venenos, los deliberadamente aliados del diablo están en libertad, mientras que las miserables viejas, llamadas brujas… van a parar a la hoguera.”

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