Las Chekas de Barcelona

Esta impactante historia fue descubierta a principios de los años 2000 por José Milicua , historiador de arte español.

Milicua Estaba explorando los registros de la Guerra Civil española cuando descubrió el testimonio de Alphonse Laurencic , un arquitecto francés convertido en revolucionario que afirmaba haber diseñado celdas de prisión muy inusuales para albergar a los soldados fascistas capturados en el campo de batalla.

Réplica de una de las celdas, recreada a través de las descripciones de Laurencic. Imagen Open Culture


Laurencic testificó que las teorías del color de Wassily Kandinsky y otros lo inspiraron a cubrir las paredes de sus células de la cárcel de seis por tres pies con patrones geométricos desorientadores. Con el fin de aumentar el estado de ánimo nauseabundo, las camas estaban inclinadas en ángulos de 20 grados, lo que aseguraba que los presos se deslizarían si intentaban dormir. Los pisos estaban cubiertos con un laberinto de ladrillos colocados para evitar que los prisioneros caminaran en línea recta. Para colmo, luces intermitentes se utilizaron para enfatizar los colores llamativos del espacio. Cerrados de cualquier posibilidad de reposo, los prisioneros no tenían otra opción que fijar sus miradas en las infernales imágenes enyesadas a través de la pared.
Como muchas de las pinturas más desafiantes del día, estas composiciones apuntaron para disonancia más bien que armonía e implicaron sutilmente las formaciones torcidas diseñadas para provocar mareos y incomodidad visual. Estos diseños, además de la falta de líneas rectas o ángulos rectos en el espacio, crearon una sensación de inquietud repentina en la mente de los prisioneros, lo que los hizo más flexibles para el interrogatorio. Todo esto fue posible gracias al estudio de Laurencic sobre los teóricos del arte moderno, especialmente los relacionados con la Bauhaus, que examinaron el poder de la estética en la vida cotidiana.
Como apropiador, Laurencic puso el trabajo de la Bauhaus a propósitos totalmente contrario a las intenciones originales de la institución estratificada. Mientras que la Bauhaus aspiraba a utilizar sus conocimientos artísticos para crear espacios funcionales y hermosos para vivir y trabajar, Laurencic hizo exactamente lo contrario.

Izquierda: portada de RL Chacón, “Por qué hice las Chekas de Barcelona: Laurencic ante el Consejo de Guerra” , 1939; Derecha: foto de una de las celdas de Laurencic en la calle Zaragoza, Barcelona, ​​1939.

Las celdas de las pinturas; son cuatro, con pequeñas claraboyas verdes. Dentro, todo un sistema científico de colores, de rayas, de volúmenes para enloquecer a los ojos; se desmontaba así el sistema nervioso como las piezas de un reloj. Círculos rojos, negros, blancos, de diferentes tamaños; eclipses verdes y rayas en diagonal cortando una serie de paralelas color naranja; toda la pared es un verdoso cambiante. Y un foco de viva luz iluminando un tablero de ajedrez pintado en la pared del fondo. En la puerta, un montón de cubos color ceniza con grandes sombras y marcantes espirales amarillos. Era todo un sistema para producir el delirio. Esos colores (que en una visita corta y curiosa parecen simples decorados cubistas) actúan con las horas, hasta encender la llama amarilla de la locura. . El prisionero está dentro de un cuadro de Picasso, martirizado por luces, líneas y colores anormales. Para aumentar su aturdimiento, el negro suelo asfaltado se eriza de gruesos ladrillos puestos de canto y blanqueados de cal, que obligan al cautivo a posar sus pies de manera disparatada, en forma de T, con las puntas hacia adentro, uno detrás de otro. No se puede estar de pie, pero tampoco es posible sentarse y dormir. En la pared hay una especie de taburete, pero con el asiento inclinado, y una caja maciza en forma de ataúd, que finge el reposo, pero también inclinada y por la que resbala el cuerpo hacia el suelo.


Lo que vemos en las imagenes es una de las celdas de la checa de la calle Vallmajor de Barcelona. El detenido no podía estar tumbado ni de pie, con dos pies juntos. La celda era inundada por una corriente de aire helado, glacial, mientras el preso estaba obligado a permanecer desnudo. La verbena fue el nombre humorístico que las víctimas daban a unas «celdas armario» de especial diseño para causar tormento en las personas que se deseaba interrogar. Consistía en tres cajones de unos 50 centímetros de ancho por 40 de profundidad, con el techo constituido por una tabla de madera movible de altura graduable. Adosado al fondo, existía un saliente, inclinado y que medía 13 centímetros; estaba destinado a que la víctima encerrada al!í pudiese apoyarse por el trasero, pero sin permitirle sentarse completamente en el mismo. La altura de este saliente, colocado a 65 centímetros del suelo, contribuía a conseguir el mismo fin.
La plancha graduable del techo se colocaba de forma que el recluso tuviese que permanecer encogido y con la cabeza inclinada hacia adelante. En cuanto al suelo de esta reducida celda, presentaba la forma cóncava, lo que impedía que la víctima apoyara normalmente los pies, lo que incrementaba su incomodidad y tortura. En la cara interna de la puerta de la celda, que era de madera, se fijaba una tabla que, al ser cerrada aquélla, se introducía entre las piernas del recluso, lo que le im­pedía todo cambio de postura. Además, otra tabla de ma­dera fijada interiormente a la puerta, en posición horizon­tal, apretaba el cuerpo de la víctima contra la pared de fondo, obligándole a permanecer en una posición muy forzada e incómoda; los músculos no tardaban en quedar entumecidos y el individuo experimentaba una gran de­sazón y cansancio, poniéndose frenético ante la imposi­bilidad de cambiar de posición. Para hacer más terrible la tortura, en la parte alta de la puerta de cada «celda armario» se abría un ventanillo enrejado, a la altura de los ojos del recluso, y en él se colocaba una bombilla eléctrica potentísima, que hería ¡a vista del encerrado allí, aun cuando éste cerrase los ojos; al mismo tiempo desprendía un insoportable calor, que contribuía a aumentar el malestar general del tor­turado. A la altura de la cabeza del preso se colocaba un potente timbre eléctrico, que funcionaba constantemente y cuyo estridente ruido producía en la mente de la vícti­ma un efecto realmente aniquilador.La permanencia en estas celdas armario se prolon­gaba generalmente durante tres o cuatro horas, según que el individuo se resistiese más o menos a confesar lo que sus torturadores deseaban. En algunos casos, este suplicio se prolongó hasta ocho y nueve horas. La mayoría de los encerrados perdían el conocimiento antes de ser sa­cados de este armario torturador.

Parte de las chekas de Barcelona y sus cámaras de tormento fueron diseñadas por un yugoslavo, Alfonso Laurencic, que, detenido posteriormente, confesó, ante el horror del mundo civilizado, los detalles más mínimos de los procedimientos utilizados.

 

FUENTES:

https://architizer.com/…/the-architecture-of-psychological…/

http://fxysudoble.com/es/tesauro/d/decor/

http://www.tsunamipolitico.com/tortura707.htm

 

 

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